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Mensaje por Invitado el Vie Feb 14, 2014 10:18 pm



High Zone 1972

Tras un largo momento de sosiego en el ambiente se escuchaba de pronto un estruendo tan fuerte como el rugir de las bestias, la noche era totalmente oscura, carente de la luminosidad que proyectaban las estrellas como si de escarcha sobre una tela negra se tratase. La lluvia empezaba a precipitarse con rapidez empapando en las calles a todo transeúnte que corría a refugiarse del aguacero y en pocos minutos la calle quedaba en un silencio sepulcral, tan ameno, tan aterrador.



St. Rose's Convent  / Capilla de oraciones


El interior del convento era grande, contaba con diversos espacios para la libre ejecución de las actividades concernientes a las novicias y demás siervas de Dios. El lugar estaba a cargo de una mujer que llevaba por nombre Úrsula aunque al elegir ese camino optó por cambiarlo a “Hermana María “. Aquella noche se llevaría a cabo los votos de siete jovencitas que ofrendarían sus vidas al servicio del Señor. El sitio al que las muchachas debían acudir era “La capilla de oración”, un lugar previsto de una imagen de Cristo crucificado en un altar y algunos banquillos largos. El lugar era cerrado, sin ventanas ni otra salida que sea la misma entrada que era reguardada por dos gruesas puertas de madera con una larga que servía para trancar estas.  Las mujeres entre los 15 y 16 años esperaban ansiosas en la capilla, orando y sosteniendo con fervor sus rosarios. El cuchicheo de las futuras monjas fue interrumpido por el sonido de pasos en el corredor, lentos y seguros. Un hombre con un largo habito negro se introdujo en el recinto, suponiendo que era el sacerdote ellas lo recibieron con gran alegría.  

- Mis tan adoradas niñas, futuras ciervas del “Señor”, nos llena de gozo tenerlas a todas aquí. – Dijo abriendo los brazos para luego unirlos por la palma, sonriente y amable.

- Estamos aquí gustosas de ser útiles a la comunidad. – Mencionó una de las muchachas serena mientras se ponía de pie y hacia una reverencia para luego tomar asiento.

- Lo sé y lo veo pequeña, es tan hermoso el sacrificio que harán. – Comentó el hombre en un tono paternal a pesar de ser físicamente un sujeto entre los 20 y 25 años. – Empecemos. – Ordenó.

- Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre… - Repetían en coro.

- ¡Oh no no no no jovencitas! – Dijo con énfasis. – Eso lastima mis oídos. Ustedes pequeñas tienen otra función. No queremos sus estúpidos rezos, ¿Acaso no entienden la palabra “sacrificio”? – Sonrió levemente para luego relamer sus labios. La expresión en el rostro de las jóvenes cambió radicalmente.
- Hemos esperado por siglos esto… liberar al “mayor adversario”, al “traidor más grande de todos”, a “ese” al que ustedes tanto temen y por eso se encierran en lugares a pudrirse como estiércol entre suplicas y sollozos. No son más que un grupo de hipócritas pecadoras que se refugian de los males del mundo que ustedes mismas crean día a día, patético. Pero aun así sus cuerpos son puros, sin rastros de inmundicia, tan inmaculados. – Hablaba el hombre mientras sus ojos cambiaban a un negro/rojo intenso.

- M-m-mons…monstruo… - Dijo una muchacha de rubios cabellos al mismo tiempo que se apresuraba hacia la entrada.
Con un veloz movimiento el hombre se aproximó a ella e introdujo toda la mano en el pecho de la mujer arrancándole el corazón. – Y bien... empecemos a romper el sello del Señor demoniaco. – Fueron esas pocas palabras lo único entendible ya que luego todo el lugar se vio inundado de gritos desgarradores y sonidos de agonía.

- Maravilloso pero extenuante… - Susurró observando sus manos llenas de sangre. Alrededor 6 cuerpos estaban torturados y despedazados quedando solo una de las 7 mujeres iniciales, Marie Annet… - Pobrecilla, no temas que todo tendrá fin pronto... – Finalizó caminando hacia la joven que se escondía en un rincón totalmente perturbada e ida.

- Alguien se aproxima…- Murmuró observando fijamente el largo corredor lleno de estatuas que representaban vírgenes y demás. Las puertas se cerraron de golpe al unisono con la mirada iracunda del hombre. - Mala idea, Lilith, enviar a uno de tus hijos... Has sido una niña mala... - Comentaba entre suspiros.